Encontró un día cerca del
mar, un abrazo inolvidable.
No era uno común, era de esos que arreglan
corazones y rotos y llenan almas.
Uno de esos que cuidan y protegen, que te
hacen sentir segura.
Descubrió en el aire
labios que ocultaban sonrisas que destellaban estrellas.
Que besaban suavemente
y con pasión. De esos besos que te hacen olvidar de todo.
Aparecieron frente a
ella ojos dulces. Que miraban con ternura, pero calaban hasta los huesos.
Que tenían
miradas profundas.
De esas que brillan con cualquier destello.
Y a cada persona que cruzaba,
le comentaba que no sabía cómo,
que quién iba a decir que la felicidad era
medible...
Un metro setenta y cinco, sesenta kilos, ojos café,
Un metro setenta y cinco, sesenta kilos, ojos café,
piel suave, abrazos largos y la sonrisa más hermosa que jamás haya visto.
Contempló la felicidad
llegar a su vida,
con su debida cuota de dolor y espera.
Pero entendió que el
amor sin libertad no existe,
que los desvelos justificados son hermosos,
aun a
veces derramen lágrimas, porque lo lindo es sentir.
Sintió el miedo corriéndole
por las venas,
pero no se asustó porque comprendió
que eso pasa cuando se
siente con el corazón
y que si daba lo mejor, iba a llegar lo mismo.
Y lo contempló, a
veces desde cerca y otras de lejos.
Pero no le importaba la distancia porque
sabía que tenía un lugar en su corazón.
Porque sabía que se querían y eso era
el amor.
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