Lento. Te movés por la casa sigiloso, como una sirena en su
canto ancestral.
Suave. Llenás los rincones más indeseados con la luz de tu
sonrisa, como un faro en la tempestad.
Firme. Me sostienen tus brazos que me llenan de amor, como
abraza el sol en enero.
Fuerte. Me mirás punzante, como una fecha en la presa.
Ruidoso. Es la melodía de tu corazón cuando te abrazo, como
un alegre redoblante.
Dulce. Cuando tus labios chocan los míos, como la miel más
pura.
Fugaz. Tu compañía de fines de semana porque no podemos más,
como las estrellas que vimos caer.
Letal. La despedida a medias que me das, como el peor veneno
desarrollado jamás.
Vital. Quererte y hacerte bien, como el oxígeno que respirás.
Sublime. El sonido de tu voz cuando me hablás, como el
despliegue de las aves al migrar.
Tenaz. Enfrentás lo que sea para llegar, como un león a
punto de cazar.
Aceleradas. Pasan las cosas cuando estas cerca, como un tren
lleno de pasajeros.
Constante. Sigo esperando tu regreso final, como la gota que
agujerea la roca.
Desordenada. Me queda la vida cuándo te vas, como un salón de
fiestas cuando todo termina.
Feliz. Soy desde que entraste en mi vida, como niño al jugar.
Me pregunto qué es la vida, si tus ojos tienen mi punto de
partida. Si cada vez que me mirás con esa ternura no sé distinguir a donde tengo
que ir.
Me pregunto cuál es final, si cada vez que estoy por
olvidar, regresás.
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