Llega el otoño
y con él hay que hacerse fuerte.
Fuerte porque, al igual que as hojas resecas,
nos quebramos con cada brisa, con cada vuelo, con cada golpe.
Hay que
hacerse fuerte porque siempre las despedidas nos rompen.
Porque aunque parece
que estamos listos, flexibles, insensibles, somos el más frágil papel ardiendo
en el fuego.
Y ahí vamos, a
la deriva, planeando en la nada hasta que un golpe nos aviva.
Un golpe que
parece de suerte, creemos estar estáticos, en suelo firme, pero no, cuando
vamos acomodando el dolor a los huesos, se vuela ato de nuevo.
Hay que
hacerse fuerte, porque queremos sentir que frío nos vuelva a calar los huesos,
y que el calor nos abrase infinitamente.
Porque ansiamos sentirnos tiernos al
rayo del sol que se abre en el cielo helado, y a la humedad de rocío que emerge
de la hierba.
Queremos sentir.
Vaya redundancia.
Querer y sentir. Sentir y querer.
Es que me han dicho miles
veces que al igual que el frio, hay que dejar al dolor que cale hondo, porque
cuando se toca fondo es más fácil subir.
Hay que
hacerse fuerte, porque el otoño es sólo el comienzo, y el invierno es crudo sin
besos. Porque te siento arrullado en mis pensamientos, porque te quiero tanto
que no entiendo, no puedo y no quiero.
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