domingo, 2 de octubre de 2016

Vida en comunidad.

Nacer. Existir. Vivir. Convivir. ¿Cuál es la forma correcta de decirlo? No lo sé, lo que he podido afirmar, es que cada vez la humanidad está más y más neurótica. Enferma. Y claro, lo que enferma es ver la sociedad enferma, se hace carne de uno mismo lo que pasa afuera. ¿Tan difícil es superar lo que pasa en el mundo? Si porque somos parte de él. ¿Cómo ser del mundo y no pertenecer a él? Que gran dilema, entre lo que somos, lo que queremos ser y lo que podemos ser.
NACER. Para partir de la base, es importante entender que nuestra tierra, nuestra madre, está enferma, enferma a causa de nuestro uso y abuso, creemos que nunca se va a terminar lo que en ella existe. Que ilusos. Podemos proponer la tierra como un manto, del cual somos vellosidades. Todo lo que en ella ocurra, pasará a nosotros como un gran impulso nervioso, en una gran ola expansiva. Ahora bien, como todo circulo, la tierra nos devuelve lo que le damos, y una sociedad neurótica, que solo libera nerviosismo, jamás puede esperar tranquilidad.
EXISTIR. Somos energía, lo que damos es lo que recibimos. Para liberarnos de la eterna maldición que nosotros mismos nos proclamamos, debemos cambiar la premisa. A veces pensamos que lo que hagamos por nosotros mismos no llegará a una prospera solución, pero el cambio es personal, y la prédica es el ejemplo. ¿Pero, somos capaces de amar la tierra y lo que nos da? Claro, si podemos, y para lograrlo tenemos que verla como nuestra madre y dejar de pensar que nadie hace nada por cambiar la situación que nos rodea, porque “nadie” nos incluye también.
VIVIR. Cuando logremos cuidar de esto, vamos a poder cuidar de nosotros mismos. Cuidar el alma, el corazón y el cuerpo. La base de este cuidado es el amor, el amor propio. Para el cuál no es necesario ser egoísta, no hay que confundirse. El amor propio es un estado de entereza y permeabilidad, de buena vulnerabilidad, donde nos permitimos conocernos, aceptarnos como somos y perdonarnos por nuestros errores. También es alejarnos de personas toxicas, saber decir que no, cuando así lo sentimos y tener la voluntad de ejercer nuestro sentir, nuestro poder sobre nosotros mismos, y empezar a conformarnos a nosotros, en lugar de conformar a los demás. Si nos amamos a nosotros mismos, llenamos nuestro corazón de amor, logramos la paz interior y en ella reside el secreto de la felicidad. Debemos trabajar en nuestro interior para estar protegidos y nutridos. Protegidos de nosotros mismos, de los demás. Nutridos de amor para que se vuelva nuestra monedad de cambio con la vida. No busques, ni esperes un golpe de vida, algo que te mueva el piso para amar. Amá porque podes, porque es gratis y hace bien. Sembrá lo que querés cosechar.
CONVIVIR. Parada en este punto, puedo hablar de la sociedad. Qué es, todos los individuos que nos rodean, con su entorno personal. La sociedad no son las personas que integran una comunidad, sino que son esos individuos sumando sus situaciones, sus allegados, su vida en sí. Cuando entendemos la sociedad como un todo es más fácil la entrega de amor. Y si damos amor, la rueda de la vida, el karma, dios, el universo, como lo quieras llamar, te lo devuelve multiplicado al mil por ciento. Da, y no te canses de hacerlo, el mundo está crudo, esta despellejado, y vos podes ser quien le cambie el día alguien con un “buen día”, o simplemente con una sonrisa. Es una reacción en cadena, cuando empieza uno, se convierte en un dominó.
Alguien me dijo una vez, en realidad creo que más de una persona, que hay que medir lo que damos, que la gente tiende a aprovecharse de nuestra bondad. No respondo, porque no me gusta ir al choque, y pienso que hay que respetar los pensamientos de cada uno. Mi opinión es que esa gente tiene tan poco en su interior para dar que ejerce el egoísmo en sus cosas materiales creyendo que es lo único que podemos brindarle al mundo. Si estas entero, pocas son las cosas que te afectan, podes ver lo positivo y analizar las situaciones de manera tal que todas tienen un lado bueno, ya sea como experiencia, o en lo que se recibe.
Si te das la oportunidad de liberar tu alma de las ataduras de la sociedad vas a dejar de juzgar cosas que no tenés derecho de juzgar. Entendé que no tenés derecho de juzgar. Cada persona tiene batallas internas que no conoces, y tus palabras y acciones pueden ser lo que más lastimen a los demás. Nos quejamos de que los demás son homofóbicos, de quienes cometen femicidios, y en realidad tenemos un cliché, algo de que quejarnos, burlarnos o a quien criticar. Nos molesta que las chicas usen short en agosto, que los hombres usen polleras, o cosas de ese estilo y encasillamos a las personas en un género estereotipado por el consumismo. Basta. Si, decir basta a pensamientos, machistas, feministas, individualistas y seamos personalistas. Busquemos almas, nos apariencias, dejemos que el mundo nos encante, que nuestros ojos se llenen de historias, de vida y de amor. Al dejar de ver a los demás como un objeto preso de nuestras expectativas, lograremos liberarnos de la atracción negativa que hay en el mal pensamiento hacia los demás. Nadie está hecho para agradarte, nadie tiene porque causarte una buena impresión. Cada quien es dueño de su cuerpo, de su vida, de sí mismo.
Allí reside curar la enfermedad social que tanta fiebre nos da. En no juzgar y en comprender que nadie tiene la obligación de agradarme, así como tampoco es mi obligación que los demás me agraden, pero puedo respetarlo, sin hacer juicios. Nunca debemos juzgar a una persona cuya mochila no hemos cargado jamás.
He llegado a la conclusión que la gente enferma de desamor, de todo tipo de desamor, materno, de pareja, con amigos, con hermanos. Todos guardamos una historia de desamor, la cual ha dolido tanto que nos hace poner esa coraza de firmeza ante los demás, esa impenetrabilidad, que se vuelve estática y nos hace feroces. Si, feroces, con nosotros mismos, con los demás, en la vida, en el trabajo. Ahí, justo en ese punto, en esa pequeña línea, nos cerramos a un círculo lo más reducido posible de personas. Porque no queremos que nos lastimen. Y la ferocidad se vuelve salvaje. Nos vuelve salvajes. Empezamos a lastimar sin piedad, porque si nos lastiman, ya lo hicimos primero.
En ese desamor, perdemos lo que más deberíamos apreciar, el amor a la gran madre tierra, a los demás. No sirve de nada hacer juicios, porque nunca hemos cargado mochilas ajenas. No sirve de nada no amar a nuestra Pacha-mama, que tanto nos da, y tanto sufre.
Empecemos a generar amor. Amor propio, amor al prójimo, amor al planeta. Amor desmedido. Solo amor. 

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